30 oct. 2013

Capítulo 5

Todo irá bien


Vanesa se sentó tras el escritorio y observó la computadora con nerviosismo. Agradecía que Sonia le hubiese conseguido trabajo como secretaria de un dentista, pero eso no evitaba que se sintiera asustada.
Recordaba todo lo que debías saber sobre cómo manejar el paquete Office. Y estaba segura que dar turnos no sería un gran problema para ella, pero lo que si temía era no manejarse con las recetas y certificados que el doctor le mandara. Afortunadamente, no estaba sola allí. Tenía una compañera que le podía ayudar. Además, la antigua secretaria había dejado para ella una carpeta con un detallado procedimiento de lo que debía hacer cada día durante el primer mes. Eso le facilitaría mucho las cosas. Aún así debería acostumbrarse a trabajar en el consultorio.
Daniela salió de la pequeña cocina que había tras el mostrador con dos tazas de té. En la media hora que llevaban conociéndose, Vanesa, había averiguado que ella tenía treinta años, que estaba casada y que tenía un hijo de cinco años. Se había comportado muy bien con ella, hasta el punto de asegurarle que podía preguntarle cualquier cosa.
— Toma y ya deja de preocuparte, Vanesa —le entregó la taza mientras le sonreía con amabilidad—. El Dr. Ibáñez es un hombre bueno, no como la bruja de mi jefa —se rió de sí misma con alegría—. Igual no me quejo, me paga a tiempo, me tiene en blanco y, aunque tiene un carácter de mierda, ya he aprendido a manejarla. Si yo pude con la Dra. Jimena, tu puedes con Carlos. Marisa, la última secretaria que tuvo, se fue porque se jubilo. Llevaba veinte años trabajando para él, jamás le oí una queja.
Las palabras de Daniela lograron que se relajara, pero lo que la dejó realmente tranquila fue conocer a su jefe. El Dr. Ibáñez, como bien le había advertido su compañera, era un hombre amable de unos cincuenta años con el cabello negro poblado de canas y en un rostro de líneas cuadradas, curiosos ojos oscuros. A penas llegó al consultorio, le pidió hablar con ella. Le mostró con paciencia cual iba a ser sus funciones, los horarios de trabajo y le deseó buena suerte con su primer día.
El resto del día pasó para Nes como un remolino de cosas. Y a las nueve de la noche, después de haber recibido pacientes, hecho papeles para las mutuales, anotados una docena de turnos nuevos para la semana siguiente, recibir una pequeña instrucción acerca de papeleo de parte de Daniela durante el almuerzo (al que también se unió Carlos); Nes salió de su trabajo agotada, pero muy feliz.
— ¿Qué tal tu primer día? —Carlos le sonrió mostrando los dientes blancos bajo su bigote entrecano.
— Muy bien, señor —ella le devolvió la sonrisa—. Lamento si me trabo demasiado con los papeles…
— No tienes que disculparte, niña —su jefe agarró su campera del perchero de la cocina y se la colocó.
— Ya te manejaras mejor —aseguró Daniela que estaba abotonandose su saco—. Todo se aprende con el tiempo ¿o no, doc? —él asintió— Además, aprendes muy rápido.
— Gracias —Vanesa escondió sus mejillas encendidas dándose la vuelta para agarrar su cartera del perchero—. Nos vemos mañana.
Daniela y Carlos asintieron juntos y siguieron a Vanesa en el camino hacia la salida apagando las luces del lugar. En la vereda, Nes tomo camino para el departamento de su hermano. Se sentía tan bien saber que el mes siguiente tendría dinero para mantener a su hija.
Fara. ¡Cómo la había extrañado! Vanesa sentía que necesitaba tenerla en sus brazos pronto. No supo si voló o qué, pero las cuadras que separaban el consultorio de la casa de su hermano se le hicieron como un borrón en su memoria y cuando menos lo pensó ya estaba tocando a la puerta.
— Hola —le dio un rápido beso a Mara que le había abierto la puerta y entró en la casa quitándose la bufanda del cuello—. ¿Dónde está Fara?
— En el comedor con Antonio —le dijo su cuñada nerviosa.
Nes en su euforia por reencontrarse con su hija ni siquiera lo noto. Tampoco escucho que ella trababa de decirle algo antes de que caminara al encuentro de su hermano. Para cuando fue consciente de que algo sucedía ya era demasiado tarde como para que alguien pudiera advertirle.
Su cuerpo se estremeció por completo dejándola paralizada en la entrada del comedor. Solo podía mirar fijamente al hombre que se hallaba sentado en una de las sillas y, en los brazos de este, Fara se removía de forma alegre. Él también clavo sus ojos en ella como esperando su reacción.
— ¿Qué haces aquí? —aterrada paseó la vista por toda la habitación como si buscara algo.
— Vine solo, Vanesa —Ramiro supo enseguida que ella estaba tratando de descifrar si Pat le había acompañado—. Yo quería hablar con Tony. No sabía que ella estaba aquí.
Nes vio como su padre le dedicaba una cálida sonrisa a la niña y aunque el miedo aún no se desprendía de sus huesos, no pudo evitar conmoverse ante esa imagen.
— Me dijeron que se llama Fara —ella asintió sin atreverse a pronunciar palabras—. Es un nombre un poco extraño, pero puedo imaginar porque se lo colocaste y le sienta la mar de bien.
Ramiro volvió a sonreír, esta vez mirando a su hija sin que esta hiciera nada al respecto. Ninguno era ajeno al aire tan tenso que se había generado, él menos que nadie. Decidió que tal vez si dejaba a su nieta en brazos de su madre la situación mejoraría un poco.
— Tenla —con un gesto le indico que se acercara—. Debes de haberla extrañado un montón.
Vanesa no espero a que se lo repitieran y, como impulsada por un resorte, corrió a coger a Fara. Cuando la tuvo en sus brazos, la abrazo contra su pecho a la vez que deshacía los pasos que la habían acercado a su padre.
— Es preciosa, cariño —al escuchar esas palabras levanto la cabeza que había mantenido escondida contra el cuerpo de su hija—. Me recuerda mucho a ti.
Sintió que los ojos se le humedecían y supo el momento justo en que su llanto se hizo evidente para los demás presentes, porque Ramiro hizo una mueca de dolor.
— Yo…  —las palabras, que antes le había salido de forma fluida, comenzaron a fallarle— ¿Podríamos hablar a solas, Caperucita?
Ella lo observó durante un rato largo, tratando de descifrar las intenciones de su padre o tal vez sus propios sentimientos al respecto. Durante todo ese tiempo, Ramiro no se atrevió a mirarla a los ojos, sino que agacho la cabeza y hundió los hombros.
— Si, papá —finalmente la voz de Nes hizo acto de presencia—. Claro que podemos hablar —tras decir eso le dedicó una débil sonrisa sin dejar de presionar a su hija contra su cuerpo.
Notó cuando Mara y su hermano salieron del cuarto para dejarlos a solas. Se sintió aterrada, pero a la vez ilusionada. Podía ser que todo acabara mal. O tal vez era el primer paso para que todo se pusiera mejor. Nunca lo sabría si no lo intentaba.
Se acerco a la silla que estaba junto a la de Ramiro, mientras este volvía a sentarse. Por algunos segundos ninguno dijo nada. Ni siquiera se miraron el uno al otro, sino que sus ojos estaban clavados en Fara como si fuera el hilo que podría unirlos.
— Lo siento, Caperucita —dijo él en un susurro—. Jamás debí abandonarte. Y podría entender que no me perdonara, pero quiero formar parte de la vida de Fara. Te lo ruego. Realmente lo quiero.
Aún sin verle, Vanesa supo que su padre lloraba. Nunca le había visto así. Él no lloraba. Había sido su héroe y los héroes no lloraban. Pero, cuando levanto la vista, ahí estaba con el rostro surcado de lágrimas.
Tomó a Fara con un solo brazo y estiró el otro hasta que su mano toco la rodilla de su padre.
— Te extrañe —a pesar de que nada estaba definitivamente arreglado y que quedaba demasiado por charlar entre amos, eso fue lo único que ella le dijo. Y para los dos fue un buen comienzo.





Lo siento, lo siento, lo siento.... Se que estuve perdidisima, pero es que la universidad me tiene patas arriba. siempre que tengo un tiempo libre no me llega la inspiración o un texto me persigue para ser leído. Trataré de que esta vez no pasen meses. Gracias por bancarme, besos.

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