16 abr. 2013

Prólogo


Oasis

— Se pude saber donde éstas —Nes dejó escapar un bufido al oír la enojada voz de Tony del otro lado del teléfono—. Se suponía que a las diez salías de trabajar, pero son la una y Fara sigue acá.
— ¿Tanto te molesta tener a tu sobrina un rato más? —gruñó ella despectiva, mientras que revolvía con lentitud el tercer vaso de Oasis que había pasado por su mano.
— No, no me molesta pero... —Vanesa soltó una risilla ridícula, porque con la música del lugar solo escuchaba la mitad de que su hermano le decía, y Tony se detuvo a mitad de la oración— ¿Qué mierda? Vanesa, ¿estás borracha?
— No jodas, Antonio —llamándolo así Nes sonaba como su padre, sacudió la cabeza espantada e hizo fondo blanco con su trago—. Otro... No —alejó un poco el celular de su oído, para hablar con chico de ojos lindos tras la barra—, mejor un shot de tequila.
El barman asintió y ella le sonrió coqueta. Se sentía tan bien con todo ese alcohol corriendo por sus venas desinhibiéndola. Hacía meses que no se sentía tan joven, tan libre. Pensó en Fara, un nudo se le formó en la garganta. Pero en seguida se la sacó de la cabeza con otro pensamiento. Tengo derecho a divertirme de vez en cuando se aseguró a sí misma. ¿Pero a que costó? esa terrible vocecilla de la madurez le hablaba aún ¿Olvidar a tu hija? ¿Eso es lo que quieres?
— Puta madre, cierra el pico —masculló y se tomó el tequila sin mirar siquiera la sal y el limón a su lado.
— ¿Dónde estás, Caperucita? —había olvidado que él seguía al teléfono, lo peor ahora le hablaba suave como cuando era niña y eso le molestaba.
— ¡Tu y todos pueden irse al carajo! —gritó ella, cortó y se sintió muy bien. Aulló con emoción en medio de todo el gentío.
Se levantó de la banqueta que ocupaba y se internó en la pista de baile. Quería moverse, perderse en la música... Quería olvidarse de todo aquello que había fuera de esa discoteca. La música cambió, Dopamina sonaba por los parlantes y, mientras Nes cerraba los ojos y movía sus caderas al compás, Belinda cantaba solo para ella. La canción describía su humor, su situación.
— Hola, nena... ¿por qué tan solita? —una voz le hizo abrir los ojos y vio ante ella a un hombre, que aunque mucho mas grande, era muy bien parecido. Le sonrió.
— No estoy sola —le guiñó un ojo con picardía—. Tú estás aquí.
Él soltó una carcajada y, envalentonado por la buena predisposición de ella, la tomó por la cintura para bailar pegado a su cuerpo. Nes se dejo, no le apetecía estar sola y le halagaba su compañía. Estuvieron así por varias canciones hasta que él le invitó un tragó, al que ella aceptó con un asentimiento y juntos caminaron de nuevo a la barra.
— Una cerveza... —pidió él y luego la miró— ¿Y tú qué, nena?
— Un Oasis — ¿Otro más? la vocecita en su cabeza parecía no callarse.
— Bien —le dedicó una sonrisa de dientes blancos que parecían flúor con las luces del lugar, y luego se volvió hacia el barman— Y un Oasis para ella.
En cuanto tuvieron sus tragos, atravesaron el local hasta llegar a la puerta trasera que daba al patio. El aire fresco de la madrugada de invierno, le recordó a Nes cuanto había tomado, al hacer que su cabeza diera vueltas. Aún así, por rebelde tomó un sorbo de su vaso, a la vez que de fondo oía la voz de aquel hombre diciendo un montón de cosas a su oído.
Se sentaron en un cantero, sin que Nes entendiera de lo que estaban hablando. Y de pronto, sin darse cuenta él la estaba besando, suave y sensual. Ella lo agarró del cuello para no perder estabilidad, correspondió al beso perdida en la bruma de alcohol.
— ¿Quieres ir a un lugar más privado? —le dijo él sonriéndole sugestivamente.
La alarma de Vanesa se prendió al instante, el letargo se esfumó y finalmente, se preguntó que estaba haciendo ella, madre de una niña de un año en un boliche cuando debería estar con ella. Le devolvió la sonrisa al hombre.
— Si, pero... —trató de parecer normal o, por lo menos tan normal como había actuado con él— primero debo ir al baño —se puso de pie de un salto—. Ya vuelvo.
Le sonrió y caminó a paso lento, hasta que atravesó la puerta. De manera frenética se metió entre la gente que bailaba, como pudo llegó al baño y se encerró en un cubículo, que por fortuna estaba vació. Cogió su teléfono del bolsillo trasero de la falda de jean donde lo había dejado después de hablar con Tony y marcó el número de la única persono que quería a su lado.
— ¿Hola?
— Te necesito —le dijo entre lagrimas apoyada contra la pared de aquel minúsculo lugar—. ¿Puedes venir por mi? Te necesito tanto.
—  Si, pero ¿dónde estás, linda?
Vanesa suspiró aliviada, él estaría allí en unos minutos y todo se habría arreglado. Él le prometió que estaría para ella pasara lo que pasara. No le había mentido.


1 comentario: