23 abr. 2013

Capítulo 1


La placa de bronce
Dieciséis meses antes...
Frente a una placa de bronce, ella mecía a su bebé. Tenía el cabello rojo recogido en un coleta, llevaba un jean oscuro y una remera negra de escote en v, porque sabía que el merecía más que su luto. Por su mejilla corrían lágrimas silenciosas. Con suavidad, dejó a la niña en carrito, cogió las flores que le llevaba y las colocó en el pequeño soporte de metal. Kevin le sonreía desde la foto. Acarició el marco de la misma con amor.
Te extraño mucho, amor Nes hablaba bajito. ¿Sabes? Lo habías logrado, me habías convencido de tu amor. Te habría dicho que si. Me habría casado contigo más de mil veces. ¡Dios! se cubrió el rostro con las manos. Dos meses y no sé cómo seguir... No sabes lo grande que esta nuestra nena miró a su hija y sonrió. No vas a verla crecer, y sé que es mi culpa, amor. Si no te hubiera metido en todo esto, si tan solo ese día me hubiera encontrado con otra persona se apoyó contra la pared llena de placas sonriendo a medias. No creo que me dejaras estar en otros brazos y me alegro haberme enamorado de ti. Contigo viví los momentos más dulces de mi vida, pero daría todo lo que tengo por tenerte acá a mi lado...
¿Hasta a Fara? ¿Darías a Fara por tenerlo de vuelta? Vanesa observó a su hija con melancolía. La amaba con todo su corazón, pero ella estaba segura de su respuesta.
Si, la hubiera dado a ella también ella sabía que sonaba horrible decir eso. Pero solo porque ella debió ser nuestra, con mi cabello y tus ojos, no ahora, pero más adelante se que ambos hubiéramos amado tener hijos. Ya eso no se puede, pero tengo a mi niña... Nuestra niña.
Vanesa se sentó en el suelo aovillándose. Aún le dolía tanto, despertarse y ver que él no estaba a su lado en la cama. Seguía adelante como podía pero aún no se sentía capaz de sonreír abiertamente y aunque contestaba a quien le preguntar por su estado que todo estaba bien, solo ella sabía que nada de eso era cierto. Que el corazón le dolía cada mañana, cada tarde… y que por las noches le gustaba acurrucarse en la cama abrazada al osito de peluche, llorando en silencio.
Hacía días que había dejado de llamar a Pamela y, su amiga había dejado de insistir en visitarla, debido a que se había mudado con su novio a otra ciudad donde estudiaría. Nené estaba en pleno preparativo para un crucero que se tomaría con la agrupación de jubilados a la que pertenecía y ella no se veía con ganas ni de soportar la felicidad de su abuela ni de aguársela con su tristeza. Mientras su hermano repartía su tiempo entre su novia y su carrera, Sonia parecía encerrada en su vida familiar,  Joako parecía haber desaparecido de la faz de la Tierra; y Nes por poco no podía ni mantener su cordura en pie.
Aun sentada en el suelo terroso del cementerio, unos brazos fuertes rodearon el pequeño cuerpo de Nes y la ayudaron a levantarse. Él y ella se quedaron mirando hacia el mismo punto de la nada. Vanesa tenía la cabeza apoyada sobre su pecho, a la vez que él le acariciaba paternalmente los brazos.
— Te dije que no vinieras sola, pequeña —Juan Pablo la volteó para mirarle a los ojos húmedos—. No te hace ningún bien torturarte con lo que hubiera pasado. No hay marcha atrás, Nes. Él se fue y todos lo extrañamos pero nuestras vidas siguen. Sobre todo la tuya, eres joven y con una niña que te necesita más que a nada en este mundo.
— Es que a veces se siente tan profundo el dolor…
— Lo sé, pero no te vas a rendir ¿verdad? Si te dejas vencer su muerte habrá sido en vano —le aseguró el con seguridad.
— ¡Ya ha sido en vano! —gritó Vanesa desprendiéndose del abrazo del hombre— ¿Qué se ha logrado con su muerte? ¡Dímelo! Porque si tú sabes algo bueno que haya salido de todo esto, muéstramelo, porque yo no lo veo…
— Él ha dejado de molestarte, ¿no es así? —le expuso Juan Pablo.
— Si ¿y? Tu no lo entiendes… —le recriminó ella al borde de un ataque de histeria— Te juro que preferiría que el volviera a violarme cientos de veces antes de que Kevin hubiera muerto. No valía la pena su vida solo por librarme de algo que yo hubiera sido capaz, si tan solo hubiera tenido valor. En fin… tengo la culpa de todo esto…
— Okey, como quieras. Eres la culpable de que mí ahijado este en esa tumba —contestó el hombre con vehemencia  pero sin perder la paciencia—. Deja ya de llorar y de martirizarte como si fueras la víctima. ¿Te arrepientes de todo? ¡Que alguien más lo note! ¡Que Kevin se sienta orgulloso de ti! Derrumbándote en tu mundo de lástima, no lo lograrás…
Vanesa dejó de llorar y puso cara de estupefacción. Él tenía razón, lo cual le dolía más. Cerró los ojos con fuerza, convenciéndose de que tenía que seguir adelante con su vida. Juan Pablo viendo lo que sus palabras causaban en la joven, quiso retractarse. Quizás había sido demasiado crudo con ella.
— Lo siento… Yo no debí.
— No importa —Nes le restó importancia con un movimiento su mano—. Está bien.
— No sé, tal vez deberías buscar un profesional que pueda ayudarte con esta etapa, Nes.
— Con una hija que alimentar no tengo ni tiempo ni dinero para sentarse en un diván a buscar la raíz de mis problemas —Nes negó poniendo a las manos en sus caderas.
— Pequeña, ya sabes…
— No —sentenció ella—. La casa y el auto ya me lo han dado ustedes no quiero deberles nada más. Quiero que dejen de usar la excusa a Kevin le hubiera gustado que lo tuvieras para llenarnos a Fara y a mí de regalos innecesarios.
— Pero…
— Nada. Primero no me parece el lugar para discutir esto —ella se colocó tras el corrito para empujarlo fuera centenario—. Segundo, no es un tema discutible. No, es mí decisión definitiva.
Caminó al auto enojada. No le gustaba para nada depender del dinero que los padres o el padrino de su ex novio le daban. Se había prometido que encontraría un trabajo para valerse por sí misma, pero aún no lo había conseguido.
— Por favor, Vanesa —Juan Pablo habló después de mucho pensar que decirle—. Solo queremos lo mejor para Fara y para vos.
— ¡¿Y crees que yo no quiero lo mejor para mi hija?! —gritó ella ofendida.
— ¡Por Dios! Yo no dije eso, niña —argumentó él en el mismo instante en que Fara rompía a llorar.
Nes lo fulminó con la mirada, antes de inclinarse sobre el carrito a coger a la bebé en brazos.
— La que ha gritado fuiste vos —la acusó él con media sonrisa.
— Mira, Juanpa, hablemos en otro momento —le pidió ella arrullando a Fara—. Hoy estoy un poco alterada.
— Bien. ¿Las acompaño?
— No, sola estoy bien.
Vanesa colocó a su hija, que ya estaba mas calmada en el asiento de bebés, metió el carrito al baúl y arrancó en dirección a su departamento.
— No te preocupes, cariño. Vamos a estar bien.
Tras esas palabras, prendió la radio.  Los acordes de Lluvia de esperanza llenaron el auto.
Lluvia de esperanza. Lluvia al corazón.
Siempre aquí estaré. No te fallaré.
Desde el cielo, lluvia al corazón.
Sol que lanza la esperanza. La esperanza y la luz.
No importa lo que pase. No importa jamás.
No. No. Lluvia al corazón.
Y después de todo tenía razón, aún quedaba algo de esperanza en sus vidas. Nes sonrió, prometiéndose que con los cincuenta pesos que aún le quedaban en el bolsillo se compraría una buena comida y ya se las arreglaría el resto de la semana.


2 comentarios:

  1. Quiero más!

    Espero k pronto publikes.

    Bs!

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  2. ¡Hola!
    Soy J.A Mitdia, y vengo del blog "Cuentos de Brujas"
    Me ha encantado tu blog, al igual que las historias que aquí cuentas.
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