25 ago. 2012

Capitulo 18


Enmendando corazones rotos
Al ver esa cabellera roja avanzar con decisión por la acera, creyó que su necesidad de verla, le estaba haciendo alucinar. No podía creer que su mente le jugara tan mala pasada. Si hasta llevaba puesta los pantaloncillos contos blancos que al tanto le gustaban, esos que dejaban ver sus piernas; y la camiseta sin mangas que le había regalado Pamela para su cumpleaños...
Era imposible que su mente recordara con tanta perfección esa camiseta. Era ella. ¡Era ella! Su corazón repiqueteó con impaciencia en su pecho y cada paso de Vanesa hacía donde él estaba le pareció eterno. Pero ni siquiera con todo ese tiempo, puedo pensar que decirle al tenerla en frente.
— Vanesa —Kevin saboreó su nombre en su boca, hacía demasiado que no la llamaba, que no le hablaba. De todos los días que la había buscado y se había encontrado con ese muró de protección que conformaba su amiga, justo ahora, cuando había perdido la esperanza de verla de nuevo... se la encontraba así como así en la calle caminando sola—. Hola...
— Hola —ella le dedico un movimiento de cabeza, sentía como su respiración perdía la regularidad que llevaba hasta cinco segundos antes. No se había percatado de que Kevin estaba allí, se reprendió su distracción y continuó con su camino.
­— Espera —ella se detuvo pero no se giró para mirarlo. No quería entrar en contacto con esos ojos, porque sabía que se perdería en ellos, sin ninguna otra posibilidad—. Yo... hace tiempo que quiero hablar con vos.
— No hay nada de qué hablar —su voz sonó más dura de lo que pretendía, pero por dentro le dolía tanto recordar.
— Eso no es cierto y lo sabes —la tomo de la mano para darla vuelta—. Quiero pedirte disculpas, me comporte como una idiota contigo. Sabes que me preocupas y no solo porque estés embarazada —no sabía cómo explicarse—. Nes, sabes que yo...
— No déjalo así. No hay nada que disculpar, es más, yo lo siento. Siento haberte gritado ese día. No tenía derecho a reclamarte nada. Era obvio que no estábamos juntos, pero no lo sé, tal vez por las hormonas, yo me había ilusionado con algo, que ahora sé, era imposible entre nosotros —Nes le regaló una sonrisa débil y melancólica—. Gracias por todo lo que me has dado, pero ya puedo seguir sola. No te molesto más.
— Dios, no... Nes, tu jamás fuiste una molestia para mí, ni una caridad, ni nada de lo que tu cabecita pueda imaginarse... —Kevin notó que ella removía la mano que aún tenía tomada y su sangre hirvió... Se enojo con sí mismo por ponerla en esa situación y con ella por ser tan orgullosa—. Por favor, escucha lo que quiero decirte. Si yo te ayudé, no fue por obligación, quiero decir que yo de verdad quería ayudarte...
— Te dije que lo dejes, Kevin —rogó ella con los ojos húmedos, ya no quería escuchar excusas. Quería salir de allí, llorar en paz—. Te perdono, no me importa...
— A mí si me importa, quiero que todo quede aclarado ahora —la mirada de él se endureció por un momento antes de volver a mirarla de manera dulce—. No seas terca, hablemos. Vayamos a algún lugar tranquilo, deja que te diga todo lo que tengo dentro y luego si aún así sigues con tu idea ridícula de alejarme de tu vida, bien.
Los ojos verdes de Nes refulgieron de ira. ¿Cómo que ridícula idea? ¿Qué pretendía él que aceptara todo así fácilmente? ¿Qué fuera cornuda? Porque si todo el mundo pensaba que estaban juntos y el bebé era de él, y luego andaba por ahí con otras. ¿Cómo se suponía que iba a quedar ella? “Para de mentirte, Vanesa” le dijo una vocecita dentro de su cabeza “Para de mentirle a él también”. No le importaba como la vería la gente. No, lo que le molestaba demasiado era pensar en sus brazos alrededor de otras cinturas, imaginárselo o, mejor dicho, verlo besando a otras... Nes lo quería a su lado, solo para ella. Pero eso no era posible.
— No llores. Ven aquí... —al verla derramar lágrimas, Kevin jaló de su mano y la atrapó ente sus brazos, aspirando el aroma a chocolate que desprendía su cabello Niña tonta, ¿tienes idea de cuánto te quiero?...
Vanesa suspiró ahogada por las emociones enfrentadas que generaban sus palabras en su cuerpo. Quería creerle. Necesitaba creerle. Le dolía tenerlo lejos, a pesar de que se había asegurado que nada los unía, que ella no debía ni quería esperar nada de él. A pesar de eso, aún lo esperaba todo de él.
Se que no soy un príncipe azul... No tengo madera de héroe la sonrisa que adorno su rostro no le llegó a los ojos de cielo, que aún la miraban como si fuera a huir de sus brazos, cosa que a Vanesa no se pasaba por la cabeza. Se sentía demasiado bien, ahí contra su cuerpo, protegida. Sé que metí la pata, se que la metí hasta el fondo... pero deja que aunque sea te de mis excusas.
Nes se resignó. Ya no podía luchar contra él, contra lo que sentía por él... Dejó que Kevin la guiara. Caminaron tomados de las manos, ella no sabía dónde iban, tampoco era que le importara mucho. Mientras la cabeza de Nes se había perdido y no reaccionaba, la de Kevin trabajaba a toda marcha para encontrar las palabras que se ganaran su perdón.
Él necesitaba decirle todo, que ella supiera cuanto la amaba, desde cuándo y que le perdonara sus errores. Se detestaba por herirla, por ser tan mujeriego cuando la única mujer que ocupaba su corazón le correspondía. ¡Dios! ¿Por qué no lo supo antes? Todo hubiera sido diferente, si tan solo él hubiese dejado de lado sus prejuicios.
Kevin llevó a Vanesa a su departamento, necesitaba la calma de un lugar familiar... un lugar del que ella no pudiera huir antes de oír todo lo que tenía para decirle. Apenas entraron, Nes se quedó observando el lugar con disgusto.
Kevin esto es un desorden lo regaño con el entrecejo fruncido.
Tuve un par de meses malos él se encogió de hombros, avergonzado por el estado de su apartamento. La ropa formaba una pila al lado de la puerta del baño, la cama no se tendía hacia tiempo, sobre la mesa había un cenicero lleno de colillas y, mejor que ella no abriera la heladera, porque estaría totalmente vacía. Casi no había comido, a no ser una ocasional pizza pedida.
Vanesa tragó en seco y recuperando la compostura, se sentó en una silla. Cruzó las piernas y  una de sus manos reposó sobre el bulto de su vientre. A Kevin una sonrisa se le extendió por los labios, estaba tan hermosa. Su cabello rojo relucía como las llamas, una ternura que antes no tenía se había instalado en su mirada, sus caderas estaban más anchas como las de toda una mujer, sus pechos se habían agrandado y su pequeña barriga era la cosa más sexy que había visto.
— ¿Qué es tan gracioso? —preguntó ella mirándolo seria.
— Nada, solo estoy pensando... —le contestó y se sentó frente a ella— Estas muy linda.
— ¿Me trajiste aquí para piropearme?
— No, Nes. ¿Podemos tratarnos bien? —le rogó perdiendo la sonrisa. Nes asintió un poco avergonzada, pero era su manera de protegerse— No sé cómo empezar... No quise lastimarte, realmente lo siento. Sé que no tengo manera de excusarme... Tendría que haber dejado en claro lo que estaba sucediendo. Me arrepiento de haber besado a Juliana...
— No quiero saber su nombre —rugió Vanesa entre dientes.
— A esto me refiero. Yo no sabía que tú me... me...
— Que te quería, si... ¿y eso qué? ¿Qué hubiera cambiado? —quería que ambos sacaran lo que tenían dentro para que cada uno pudiera seguir adelante sin dudas.
— Todo... ¿Qué acaso no lo ves? —Kevin se paró de golpe— ¿No te das cuenta de lo causas en mi? ¿Cómo me haces sentir? —se acercó a ella y de un tirón la puso de pie a ella también— ¿En serio no notas cuanto te quiero? Mírame... —le ordenó cuando Nes agachó la mirada sonrojada— Cada beso, cada palabra... Todo era cierto. No eres mi obligación, si te di algo lo hice por amor. No por piedad o lastima... Jamás te he tenido lastima, si quiero matar al idiota que te puso las manos encima, pero no tengo lastima. Escúchame bien lo que te digo... —la tomó de la barbilla con cuidado— Te amo.
El corazón de Vanesa se detuvo en ese momento. ¿Cuánto había deseado escuchar esas palabras de él? Cerró los ojos disfrutando de ellas. Sintió los labios de Kevin sobre los suyos y respondió de a poco deleitándose con sus besos. Alzó las manos para rodearle el cuello, él la aferró por las caderas manteniéndola cerca de su cuerpo.
— ¿Significa esto que me perdonas? —preguntó Kevin dudoso, le acarició el rostro con dulzura— Por favor dime que sí.
Nes lo observo ponerse cada vez más nervioso con su silencio. Por primera vez disfruto con un poco de maldad, ver lo que causaba en él.
— Deberás prestarme tu celular —le dijo y Kevin quedó desconcertado—. El mío se quedó sin crédito y debo avisarle a Nené que me tardaré un rato, tenemos mucho de qué hablar...
Él soltó el aire que estaba conteniendo, cuando vio que Vanesa le sonreía. Deposito un casto beso en sus labios y la estrechó fuerte entre sus brazos.
— Yo también te amo —murmuró Nes apoyada sobre su hombro, no había mejor lugar para ella que juntó a él.


20 ago. 2012

Capitulo 17


Acoso
— ¡EEEEE! —el grito retumbó entre las paredes de 5to A, junto con la campana que daba por finalizado el día y el año escolar. Todos salieron corriendo, no sin antes despedirse de su profesora de química.
Vanesa se retrasó un poco, su barriga que había crecido un poco mas durante las últimas semanas, la entorpecía de sobremanera. Pame la miró para esperarla, pero ella le hizo señas que siguiera, que disfrutara de su gran día. Emiliano tironeó de ella y su amiga desapreció por la puerta del aula, tras el barullo de alumnos desesperados por abandonar la institución. La profesora de química también se despidió de ella con una sonrisa y un deseo de buena suerte.
Había quedado sola, en un colegio que poco a poco se iba vaciando, pero no le molestaba. Se sentía segura en el silencio, le otorgaba el poder de escuchar, de saber quien le rondaba y que nadie la confundiera. Muy a pesar de eso, Nes no notó que no era la única en el aula y para cuando lo hizo ya era demasiado tarde. Al levantar la vista de su mochila, descubrió que Diego se interponía en su camino a la puerta y tembló.
— ¿Qué tal, nena? —la sonrisa socarrona de él logró que a Nes le diera un vuelco el estomago— ¿No me digas que te ibas sin despedirte?
Nes se mantuvo muda, con la boca seca y el corazón palpitante. Sabía que si hablaba, su voz le haría saber el miedo que la invadía. Ella no podía mostrar debilidad ante él.
— Me dijeron por ahí que estas preñada, dulzura —hizo un mohín de asco— ¿Es mio?
— No —la negación de ella fue rotunda, sin miedo, aunque por dentro estaba a punto de desplomarse—. Es de mi novio.
— Novio, bah, si quieres llamarlo así —Diego se encogió de hombros despectivamente antes de acercársele y tomarla de la mandíbula con fuerza—. Pero recuerda bien, Nes, que una putita como vos no tiene ese tipo de relaciones.
— Por favor, Diego —se esforzó por hablar claramente—. Me tengo que ir.
— No sin darme mi beso antes —la soltó y se sonrió—. ¿A qué esperas? —Nes intentó esquivarlo y correr a la puerta, pero él fue más rápido y la estampó contra el escritorio del profesor. Sus ojos habían adoptado un tono oscuro que pronosticaba peligro— Haber si lo entiendes, maldita puta, si no te comportas no tendré más remedio que hacerle daño a ese retoño que llevas ahí dentro. ¿Lo entiendes?
A Vanesa se le escapó el aire de los pulmones, se aferró al escritorio con ambas manos, mientras su máscara de falsa entereza se caía haciéndose añicos. Todo su cuerpo tembló. Diego disfrutaba con el miedo que causaba en ella. Esos ojos de cervatillo acorralado lo excitaban.
— Vamos, cariño. Ahora que veo que lo has captado —aflojó la presión sobre ella, pero no lo suficiente para que pudiera escabullirse—, quiero mi beso.
Aterrorizada, juntó sus labios con los de él en un corto roce que le produjo nauseas.
— Se que puedes hacerlo mejor —la agarró de las caderas con ambas manos—. Con más pasión, putita.
Nes quería llorar, pero decidida a defender a su bebé a toda costa, se forzó a imaginar que quien la iba a besar no era Diego, sino Kevin. Su dulce Kevin de la mirada celeste llena de bondad. Su héroe de cabellos de oro. Se obligó a olvidar que la había engañado y se concentro en todo el amor que sentía por él. Con manos temblorosas, que luchaba por corregir, le rodeó el cuello para enredar sus dedos en el cabello de la nuca de él. Se acercó a su rostro y cerrando los ojos lo beso con furia disfrazada de pasión.
“Es Kevin” se repitió una y otra vez “Son sus brazos los que abrazan tu cintura, son sus labios los que te devoran sin piedad y es su cuerpo el que sientes pegado al tuyo”. Estuvo a punto de creerse su ilusión, hasta que Diego sacando una de sus manos de su cintura, le presionó un pecho con lujuria. Nes gimió de dolor entre sus labios. El rompió el beso para hablarle con voz ronca de excitación al oído.
— Que ganas de cogerte, dulzura —le mordió el lóbulo de la oreja. Nes sintió como el bilis subía por su garganta, pero se negó a vomitar—. Veámonos mañana.
— No puedo —dijo casi por inercia.
— ¿Qué mierda tienes que hacer? —preguntó Diego ofuscado por su negativa.
— Tengo un chequeo médico —prefirió decir la verdad pues no tenía cabeza para inventar una excusa creíble en ese momento.
— Bien, bien... Todo sea por la cosa —le acarició lascivamente el vientre—. Entonces será el sábado y no puedes negarte, ya lo hemos charlado.
A ella le temblaron los labios cuando dijo que “si”. Con sumisión respondió a un par de besos más y, finalmente, lo vio marcharse antes de romper a llorar. Llena de rabia e impotencia se secó las lágrimas. No quería hacerlo, no quería ir a su casa el sábado, no quería volver a verlo. Con el puño golpeó el escritorio, y su niño, porque ella estaba segura que sería varón, secundo su rabia con una patadita.
— Sh, peque —su mano desarmó el puño y acarició con amor maternal su abultada barriga—. Ya sé que tienes miedo como yo —sus ojos volvieron a humedecerse—, pero te aseguro que, mientras este en mis manos, nadie va hacerte daño. Nadie.
Aún temblorosa, cogió la mochila, que se había caído durante el jaleo, del suelo y salió del colegio agradecida de que ya no tendría que volver allí. Y, si se le ocurría un modo de evadir el encuentro del sábado, tampoco tendría que volver a verlo a él.
***
Vitaminas. La médica le había recetado vitaminas y una crema para sus pies doloridos. Cinco meses, 24 cm. y 690 grs. aproximadamente. Todo marchaba bien, las vitaminas eran una simple precaución ante los cambios de temperatura que estaban sucediendo violentamente en los últimos días. Nada de lo que preocuparse.
Nené había visto la grabación que había hecho de la ecografía para ella y había llorado. Y ella había llorado también sin poder evitarlo. Ni cuando su hermana había estado embarazada de Milagros, había imaginado que sería algo tan desbordante, tan grandioso que una vida creciera dentro de uno.
Se acomodó el borde de la musculosa, mientras recorría la acera camino a la farmacia. Su vientre había crecido un poco en el último mes y ya no se le hacía tan fácil ocultarla en sus viejas remeras, no es que le importara, pero pronto necesitaría ropa de maternidad.
Aún se encontraba sonriendo cuando su celular sonó en algún lugar dentro de la cartera que colgaba de su hombro. Rebuscó en su interior, preguntándose quién le mandaría un mensaje. Su abuela a gatas lograba llamarla, no sería capaz de escribir un mensaje. Si mirar el remitente, abrió pulso a la tecla de leer a penas tuvo el teléfono en la mano y quedo de una pieza con su contenido.
“Mañana, en mi casa como la última vez... No sabes lo deseoso que estoy de verte, dulzura... No faltes. Dogo”
A fuerza de pensar en su bebé, se había olvidado de su “cita” del sábado. Pensar en eso de nuevo le revolvió el estomago. Reanudo su paso a la vez que volvía a meter el celular dentro del bolso. Desviando sus pensamientos, miró el suelo y se concentró en no pisar las ranuras de las baldosas de la acera. Un juego estúpido e infantil, pero infalible a la hora de lograr ignorar reflexiones o voces.
— Vanesa —esa voz temblorosa, que sonaba casi incrédula, le produjo cosquillas en todo el cuerpo y sabiendo quien era su dueño se negó a levantar la mirada.
No estaba lista para enfrentarlo, no a él... No era el mejor momento. Su mente estaba demasiado asustada como para enfrentar el dolor de las excusas que pudiera darle Kevin.

13 ago. 2012

Capitulo 16


Nené
Estaba medio adormilada de tanto llorar y las caricias que Nené le propiciaba sobre la cabeza, la calmaban aún más. Se encontraba recostada sobre el sofá con la cabeza sobre la falda de su abuela. Le había dicho todo lo que había pasado desde que la había ido a ver la última vez, incluso lo de Diego. Habían compartido lágrimas durante un rato, ella le había entendido… No le había gritado, ni juzgado simplemente había escuchado.
— Abu —la llamó después de un buen tiempo en silencio—. ¿Puedo quedarme aquí?
— Si, Caperucita —Nené sonrió a su nieta favorita, debía admitirlo los quería a los tres, pero Vanesa siempre había sido su predilecta, le recordaba a ella cuando era joven.
— Gracias…
Vanesa llamó a Pame esa tarde para decirle que no se sentía en condiciones de ir a su casa y que lo dejarían para otra vez. Su amiga no se quedó contenta con esa excusa, por lo que le hizo prometer que el lunes le contaría que era lo que le sucedía.
Al día siguiente, su padre se apareció por la casa, de seguro por intervención de su abuela que le había llamado para decirle que estaba allí. Nes no salió de su nuevo cuarto, en lo que duro la visita. Pues Ramiro se marchó calmado como había llegado, luego de hablar con Nené, que le convenció de dejar a su hija allí, por el bien del bebé.
Los siguientes días, Nes los pasó en una calma que le hizo muy bien. Iba al colegio con Pamela de ida y de vuelta, de manera que así evitaba a Kevin, que solía esperarla a la salida del mismo. Pamela se había convertido en su principal protectora, cuando ella le puso al corriente de lo que él le había hecho, porque ella creía que él era “un desgraciado por engañarla estando ella embarazada de su hijo”.
De Niqui no volvió a saber nada, lo cual agradecía porque no hubiera podido enfrentarse con los dos juntos otra vez. Ya basta de chichos, estaba decidida a sacarlos de su vida y dedicarse enteramente a terminar el colegio y a cuidar de su bebé.
Cuando no estaba en el colegio y no tenía la visita de Sonia, Pamela o Joako, el único hombre que había dejado entrar de vuelta en su vida; se dedicaba a leer libros sobre maternidad, a escuchar música clásica (Nené decía que le hacía bien al bebé) o a tejer.
— Nené —llamó Nes que estaba parada sobre una silla revisando la parte de arriba de su armario.
— ¿Qué sucede? Oh, Caperucita… Baja de ahí en este instante, mira si te caes —la regaño su abuela cuando la vio—. ¿Quieres deñar a mi biznieto?
Ella sonrió a modo de disculpa y se bajo cuidadosamente de la silla.
— Solo buscaba la lana que compre ayer —se justificó.
— Esa que esta sobre tu mesa de luz, ¿verdad? —Nené negó con la cabeza sabiendo lo despistada que podía ser su nieta.
— Ups… —se rió de sí misma y fue a recoger la lana, que era de un color verde manzana— ¿Me enseñas a tejer los escarpines?
— Niña, ¿no prefieres estar afuera?
— No, el calor que está haciendo me pone de mal humor… Además hoy he estado mucho tiempo parada, siento que mis pies son de goma…
— Bien, ven aquí —la llevó a la sala, donde la hizo sentarse en el sillón y poner los pies sobre una silla para que pudiera descansarlos.
Se sentó a su lado y tomando las agujas le mostró como debía seguir el punto, luego se fue a seguir con sus cosas no sin decirle que la llamara cualquier cosa que necesitara. Vanesa se puso a trabajar, pensando que su abuela se veía mucho mejor, tal vez se debía al nuevo antidepresivo que estaba tomando o a que la ilusionaba la idea de tener otro biznieto.
Iba a ser madre, era extraño pensar en eso, sobre todo porque jamás le habían gustado mucho los niños. Pero este era diferente, era suyo y de nadie más. Se acarició el vientre a penas hinchado. Hacía un mes que vivía con su abuela, lo que quería decir que acababa de cumplir su cuarto mes de gestación.
Sentir a esa vida moverse en su interior generaba en ella una sensación abrumadora, una sola ondulación de su hijo lograba alegrarle el día, ponerla de buen humor... Espera que solo eso bastara para que ella pudiera seguir adelante, solo su hijo.
Así paso medio mes más. El verano estaba cerca y el calor aumentaba cada vez más, generando en Vanesa todas clases de problemas. Desde para dormir hasta para mantenerse en pie mucho tiempo. Las clases ya casi terminaban y a ella le iba bien, pero de todos modos tuvo que notificar a la dirección de su embarazo. Ya media escuela, si no toda, se había enterado de su situación. Aunque un poco de alivio, esta nueva situación traía aparejada más miedo que nada. Nes tenía miedo que Diego lo supiera, que se diera cuenta que era suyo, que le hiciera daño o que quisiera quitárselo cuando naciera.
De pronto, se volvió paranoica y jamás se quedaba tranquila estando en la escuela. Se le hacían eternos los días que faltaban para finalizar el año. Era consciente que tanto nerviosismo no le hacía bien a su embarazo, pero solo lograba calmarse cuando estaba en su casa o en la de Pame, donde sabía que Diego no la buscaría.

4 ago. 2012

Capitulo 15


Los odio…
Se sentí muy a gusto en la casa de Niqui, Dolores era un encanto de mujer y la trataba muy bien. Había aceptado sin problemas que se quedara en su casa, le había hecho la cena y le había prestado algo de ropa para dormir. Había dormido en la habitación de Camilo a pesar de que había insistido en que no era necesario. En secreto lo agradecía porque las molestias hubieran sido mayores al día siguiente de haber dormido en el sillón.
En la mañana, se despertó temprano, a pesar de que era sábado. Al entrar en la cocina se encontró con que Niqui y su madre  estaban a punto de desayunar. La invitaron a sentarse con ellos. Se sirvió solo leche, pues a pesar que le gustaba mucho el café estaba evitando la cafeína por el bebé.
Luego de que terminaran de desayunar, Niqui pidió el auto a su madre y juntos fueron a casa de Vanesa, pues esta necesitaba recoger algo de ropa para sobrevivir unos días.
— ¿Estás segura que no hay nadie? —Niqui miraba la casa desde el auto.
— No, te preocupes… No hay nadie, mi mamá tiene reunión en la iglesia y mi papá está trabajando —aseguró ella abriendo la puerta del copiloto—. Nadie más vive aquí. Vamos.
Se bajaron y entraron en la casa. Nes sacó una de las maletas del cuarto de sus padres, para llenarlo de ropa y otras cosas que necesitaría estando fuera de su casa. Cuando hubo terminado de empacar, se paró en la puerta de su habitación, no quería irse, dejaba muchas de sus cosas atrás… pero a su vez ya no soportaba vivir junto a sus padres que no hacían más que recordarle con su indiferencia aquello por lo que había pasado.
Echo un último vistazo antes de salir de allí. Niqui la esperaba cerca de la puerta sin moverse, como si estuviese ansioso por irse rápido de la casa. No espero a que ella llegase a él, se adelantó y la ayudó a cargar la maleta.
— Gracias —dijo Nes sonriendo—. Por todo.
Al decir eso, volvió a sus recuerdos aquella tarde en la que le había dicho algo parecido a Kevin, cuando le reveló que creía estar embarazada. Se le formó un nudo en la garganta. Su corazón, él se lo había roto. Lo amaba y él no. Tal vez era la culpa de él por engañarla, tal vez de ella por ilusionarse con poco.
— Sabes que te quiero, ¿verdad? —la pregunta de Niqui interrumpió sus pensamientos.
— Yo…
— Se que tienes novio, pero él no está acá ayudándote y posiblemente este al lado de alguien más —sonaba casi como un ruego—. También se que le amas, pero ¿no podrías quererme a mí?
— Si —afirmó Nes sin pensarlo solo siendo sincera con él que la había ayudado.
— Entonces, dame una oportunidad —se le acercó hasta casi quedar pegados—. Sé que puedo hacerte feliz, que puedo hacer que te enamores de mí…
Por algunos segundos ninguno dijo nada ni hizo ningún movimiento. Vanesa escudriñaba el rostro de Camilo, buscando una respuesta; a la vez que él la miraba impaciente con la esperanza de que ella lo aceptara. Algo la impulso, no supo que fue en ese entonces ni se lo volvió a preguntar más adelante, tan solo tomó ese rostro con esos ojos que le rogaban y lo beso.
Niqui, dio por sentado que eso era un si, por lo que le rodeó la cintura con sus brazos y la levantó en el aire sin despegar sus labios de los de ella. La depositó en el suelo, en el momento que notó que a ella le faltaba el aliento. Nes aún colgada del cuello de él, soltó una carcajada jubilosa. A Niqui le gustaba su risa, pero sobretodo le gustaban esos hoyuelos que se le formaban en las mejillas al sonreír.
— Eres preciosa —paso una de sus manos por el rostro de ella acomodándole el cabello que le caía sobre los ojos y, cuando ella le respondió con una guiño, volvió a besarla con más pasión que antes.
Todavía estaban besándose, cuando un carraspeó hizo que se separasen. Kevin, parado frente a ellos,  paseaba la mirada entre Vanesa y el morocho que le sostenía la mano. Tanía la mandíbula apretada, y a pesar de estar más consternado que otra cosa, no podía evitar sentir celos al ver como se entrelazaban sus manos.
— ¿A qué viniste? —indagó Nes, había perdido su sonrisa al recordar porque no lo quería cerca.
— Vine a verte, pero veo que ya tienes compañía —le contesto entre dientes.
— Si. Kevin, él es Camilo. Niqui, Kevin. —los presentó como no pasara nada, irritando a Kevin, y le apretó la mano a Niqui de manera significativa.
— Un gusto, Kevin —él lo saludo entendiendo el mensaje de ella—. ¿No vamos, cariño?
— Si, llévala al auto —señalo la maleta y le dedicó una sonrisa.
— ¿Te vas con él? —Kevin apuntó despectivamente a Niqui— Creía que te mudarías conmigo.
— Pues lo siento, pero hubo un cambio de planes. ¿No te llegó el telegrama? —interrumpió Niqui.
Kevin se adelantó con la intención de golpearlo.
— Kevin, lárgate de aquí…
— ¿Qué me largue? —Nes lo había descolocado— ¿Qué mierda significa eso?
— Ahora el hipócrita quiere un explicación —Niqui volvió a meterse poniendo a Kevin mas furioso todavía.
— Haber, hombre… Intentó hablar con ella, no con vos ¿no te entra?
— ¡¿Pueden parar los dos?! —gritó Vanesa y ambos le miraron al pendiente de sus palabra— Niqui, cálmate, es algo que tengo que arreglar con él —apretó su mano otra vez pero como muestra de cariño y luego se dirigió a Kevin—. De verdad no entiendes porque me voy con él, ¿no? Ayer discutí con Patricia. Me dijo que prefería que muriera… —creyó que lloraría la decirlo, pero estaba tranquila— Me fui de casa por eso…
— Y te fuiste con él directamente —le reclamó molesto.
— No, fui a buscarte a vos… —ella también se estaba enojando con él— pero estabas muy ocupado. Ya no importa.
— ¿Cómo no importa? ¿Qué va a pasar con lo nuestro? —Kevin no pensó lo iba a decir solo se dejo llevar por los celos— ¿Piensas engancharle mi hijo a él?
— ¿Hijo? ¿Qué hijo? —Camilo no entendía a que se refería ese tipo.
— Oh, no se lo has dicho —se jacto Kevin ante la mirada horrorizada de ella—. Está embarazada…
— ¿Es eso cierto? —Niqui se volvió hacia Vanesa desconcertado.
Ella asintió bajando la mirada. Sabía que algún día iba a tener que enterarse, pero no de esta manera, ella tendría que habérselo dicho.
— ¿Qué se suponía que ibas a hacer? —le preguntó Kevin.
— ¿Cuándo pensabas decírmelo? —le soltó la mano— ¿Cuándo naciera?
— No, iba decírtelo hoy… —se defendió ella.
— Yo… yo no puedo con esto, Nes —dijo Niqui disculpándose.
— ¿Qué quieres decir? Acabas de decirme que me quieres…
— Si, pero un crio Vanesa… —negó mientras se alejaba caminando hacia atrás— No estoy listo para arruinarme la vida de ese modo y menos por uno que no es mío.
Vanesa tomó aire y los observó a los dos por un segundo, entretanto reordenaba sus pensamientos.
— Ambos son una mierda —declaró segura, y continuó sin dejarlos hablar—. No me miren así. Kevin no puedes pretender que luego de haberme besado y de andar por ahí diciendo que soy tuya, me vaya a bancar verte luego con otra mina…
— Nes… —recién en ese momento entendió porque ella estaba molesta e intentó excusarse— Lo que viste fue…
— ¡Me importa un carajo que fue! Confié en vos y me defraudaste… —luego le hablo a Niqui— Eres un cobarde, inmaduro e idiota… porque si de verdad me quisieras me aceptarías como soy y estoy.
— No es justo… —repuso él acusado.
— Cierra la boca —dijo agarrando la maleta con la ropa que había ido a recoger—. Espero no tener que cruzármelos nunca más en mi vida… —se despidió y emprendió su camino.
— Vanesa, espera —Kevin la siguió a la vez que Niqui se subió al auto y se fue—. ¿Dónde vas?
— ¿Qué te importa? —espetó ella caminando más rápido.
— Estás embarazada, claro que me importas.
— Lamento desilusionarte, pero no pienso ser tu acto de tu caridad, Delgado —lo atacó ella.
— Sabes que eso no es verdad, Nes.
— Ya no se que es verdad y ya no me llames Nes —paró a un taxi que pasaba por la calle y se subió.
Era la tercera vez que subía a un taxi y cambiaba de rumbo su vida en menos de veinticuatro horas. Pero esta vez, a diferencia de las anteriores, sabía lo que le esperaba al bajar, no temía a ninguna sorpresa.
— Vanesa —la mujer que le abrió la puerta quedó gratamente sorprendida—. No te esperábamos tan pronto.
— ¿Cómo esta ella? —quiso saber al entrar y dejar su maleta a un lado.
— Muchísimo mejor desde tu última visita —aseguró la mujer—. Ahora está en el jardín arreglando plantas.
Nes no pidió permiso, solo se dirigió hacia allí a paso apresurado. Necesitaba volver a verla, abrazarla.
— Nené —la llamó cuando estuvo en la puerta que daba al jardín trasero.
— ¡Vanesita querida! —su abuela se levantó de al lado del jazmín que estaba abonando y fue a abrazarla.