30 oct. 2013

Capítulo 5

Todo irá bien


Vanesa se sentó tras el escritorio y observó la computadora con nerviosismo. Agradecía que Sonia le hubiese conseguido trabajo como secretaria de un dentista, pero eso no evitaba que se sintiera asustada.
Recordaba todo lo que debías saber sobre cómo manejar el paquete Office. Y estaba segura que dar turnos no sería un gran problema para ella, pero lo que si temía era no manejarse con las recetas y certificados que el doctor le mandara. Afortunadamente, no estaba sola allí. Tenía una compañera que le podía ayudar. Además, la antigua secretaria había dejado para ella una carpeta con un detallado procedimiento de lo que debía hacer cada día durante el primer mes. Eso le facilitaría mucho las cosas. Aún así debería acostumbrarse a trabajar en el consultorio.
Daniela salió de la pequeña cocina que había tras el mostrador con dos tazas de té. En la media hora que llevaban conociéndose, Vanesa, había averiguado que ella tenía treinta años, que estaba casada y que tenía un hijo de cinco años. Se había comportado muy bien con ella, hasta el punto de asegurarle que podía preguntarle cualquier cosa.
— Toma y ya deja de preocuparte, Vanesa —le entregó la taza mientras le sonreía con amabilidad—. El Dr. Ibáñez es un hombre bueno, no como la bruja de mi jefa —se rió de sí misma con alegría—. Igual no me quejo, me paga a tiempo, me tiene en blanco y, aunque tiene un carácter de mierda, ya he aprendido a manejarla. Si yo pude con la Dra. Jimena, tu puedes con Carlos. Marisa, la última secretaria que tuvo, se fue porque se jubilo. Llevaba veinte años trabajando para él, jamás le oí una queja.
Las palabras de Daniela lograron que se relajara, pero lo que la dejó realmente tranquila fue conocer a su jefe. El Dr. Ibáñez, como bien le había advertido su compañera, era un hombre amable de unos cincuenta años con el cabello negro poblado de canas y en un rostro de líneas cuadradas, curiosos ojos oscuros. A penas llegó al consultorio, le pidió hablar con ella. Le mostró con paciencia cual iba a ser sus funciones, los horarios de trabajo y le deseó buena suerte con su primer día.
El resto del día pasó para Nes como un remolino de cosas. Y a las nueve de la noche, después de haber recibido pacientes, hecho papeles para las mutuales, anotados una docena de turnos nuevos para la semana siguiente, recibir una pequeña instrucción acerca de papeleo de parte de Daniela durante el almuerzo (al que también se unió Carlos); Nes salió de su trabajo agotada, pero muy feliz.
— ¿Qué tal tu primer día? —Carlos le sonrió mostrando los dientes blancos bajo su bigote entrecano.
— Muy bien, señor —ella le devolvió la sonrisa—. Lamento si me trabo demasiado con los papeles…
— No tienes que disculparte, niña —su jefe agarró su campera del perchero de la cocina y se la colocó.
— Ya te manejaras mejor —aseguró Daniela que estaba abotonandose su saco—. Todo se aprende con el tiempo ¿o no, doc? —él asintió— Además, aprendes muy rápido.
— Gracias —Vanesa escondió sus mejillas encendidas dándose la vuelta para agarrar su cartera del perchero—. Nos vemos mañana.
Daniela y Carlos asintieron juntos y siguieron a Vanesa en el camino hacia la salida apagando las luces del lugar. En la vereda, Nes tomo camino para el departamento de su hermano. Se sentía tan bien saber que el mes siguiente tendría dinero para mantener a su hija.
Fara. ¡Cómo la había extrañado! Vanesa sentía que necesitaba tenerla en sus brazos pronto. No supo si voló o qué, pero las cuadras que separaban el consultorio de la casa de su hermano se le hicieron como un borrón en su memoria y cuando menos lo pensó ya estaba tocando a la puerta.
— Hola —le dio un rápido beso a Mara que le había abierto la puerta y entró en la casa quitándose la bufanda del cuello—. ¿Dónde está Fara?
— En el comedor con Antonio —le dijo su cuñada nerviosa.
Nes en su euforia por reencontrarse con su hija ni siquiera lo noto. Tampoco escucho que ella trababa de decirle algo antes de que caminara al encuentro de su hermano. Para cuando fue consciente de que algo sucedía ya era demasiado tarde como para que alguien pudiera advertirle.
Su cuerpo se estremeció por completo dejándola paralizada en la entrada del comedor. Solo podía mirar fijamente al hombre que se hallaba sentado en una de las sillas y, en los brazos de este, Fara se removía de forma alegre. Él también clavo sus ojos en ella como esperando su reacción.
— ¿Qué haces aquí? —aterrada paseó la vista por toda la habitación como si buscara algo.
— Vine solo, Vanesa —Ramiro supo enseguida que ella estaba tratando de descifrar si Pat le había acompañado—. Yo quería hablar con Tony. No sabía que ella estaba aquí.
Nes vio como su padre le dedicaba una cálida sonrisa a la niña y aunque el miedo aún no se desprendía de sus huesos, no pudo evitar conmoverse ante esa imagen.
— Me dijeron que se llama Fara —ella asintió sin atreverse a pronunciar palabras—. Es un nombre un poco extraño, pero puedo imaginar porque se lo colocaste y le sienta la mar de bien.
Ramiro volvió a sonreír, esta vez mirando a su hija sin que esta hiciera nada al respecto. Ninguno era ajeno al aire tan tenso que se había generado, él menos que nadie. Decidió que tal vez si dejaba a su nieta en brazos de su madre la situación mejoraría un poco.
— Tenla —con un gesto le indico que se acercara—. Debes de haberla extrañado un montón.
Vanesa no espero a que se lo repitieran y, como impulsada por un resorte, corrió a coger a Fara. Cuando la tuvo en sus brazos, la abrazo contra su pecho a la vez que deshacía los pasos que la habían acercado a su padre.
— Es preciosa, cariño —al escuchar esas palabras levanto la cabeza que había mantenido escondida contra el cuerpo de su hija—. Me recuerda mucho a ti.
Sintió que los ojos se le humedecían y supo el momento justo en que su llanto se hizo evidente para los demás presentes, porque Ramiro hizo una mueca de dolor.
— Yo…  —las palabras, que antes le había salido de forma fluida, comenzaron a fallarle— ¿Podríamos hablar a solas, Caperucita?
Ella lo observó durante un rato largo, tratando de descifrar las intenciones de su padre o tal vez sus propios sentimientos al respecto. Durante todo ese tiempo, Ramiro no se atrevió a mirarla a los ojos, sino que agacho la cabeza y hundió los hombros.
— Si, papá —finalmente la voz de Nes hizo acto de presencia—. Claro que podemos hablar —tras decir eso le dedicó una débil sonrisa sin dejar de presionar a su hija contra su cuerpo.
Notó cuando Mara y su hermano salieron del cuarto para dejarlos a solas. Se sintió aterrada, pero a la vez ilusionada. Podía ser que todo acabara mal. O tal vez era el primer paso para que todo se pusiera mejor. Nunca lo sabría si no lo intentaba.
Se acerco a la silla que estaba junto a la de Ramiro, mientras este volvía a sentarse. Por algunos segundos ninguno dijo nada. Ni siquiera se miraron el uno al otro, sino que sus ojos estaban clavados en Fara como si fuera el hilo que podría unirlos.
— Lo siento, Caperucita —dijo él en un susurro—. Jamás debí abandonarte. Y podría entender que no me perdonara, pero quiero formar parte de la vida de Fara. Te lo ruego. Realmente lo quiero.
Aún sin verle, Vanesa supo que su padre lloraba. Nunca le había visto así. Él no lloraba. Había sido su héroe y los héroes no lloraban. Pero, cuando levanto la vista, ahí estaba con el rostro surcado de lágrimas.
Tomó a Fara con un solo brazo y estiró el otro hasta que su mano toco la rodilla de su padre.
— Te extrañe —a pesar de que nada estaba definitivamente arreglado y que quedaba demasiado por charlar entre amos, eso fue lo único que ella le dijo. Y para los dos fue un buen comienzo.





Lo siento, lo siento, lo siento.... Se que estuve perdidisima, pero es que la universidad me tiene patas arriba. siempre que tengo un tiempo libre no me llega la inspiración o un texto me persigue para ser leído. Trataré de que esta vez no pasen meses. Gracias por bancarme, besos.

11 jul. 2013

Capítulo 4

Confrontación

— ¿Qué fue lo que le dijiste? —preguntó Vanesa, apenas entro en el departamento, luego de despedir a Niqui en el ascensor.
— Nada —Tony se encontraba recostado plácidamente en la cama, con las manos tras la nuca y contra uno de sus costados Fara se removía en la seguridad de la barrera de almohadones.
— No te hagas el tonto… —lo fulminó con la mirada, pero su hermano solo se limitó a encogerse de hombros— Entonces dame una razón creíble de porque se marchó, si todo estaba muy bien cuando baje a comprar. Los dejo un minutos solo y tú ya tienes que espantarlo.
— ¿Y qué más da? Por cierto, ¿quién era? —había dejado de negarlo optando por su actitud superada que a su hermana menor sacaba de quicio.
Es mi amigo y no tenias ningún derecho —caminó hasta posicionarse junto a la cama y puso los brazos en jarra—. Niqui quería pasar un rato con Fara.
— ¿Con que derecho? —incorporándose con cuidado en la cama para no asustar a su sobrina, Tony interrogó a Nes con la mirada.
— Con el derecho que le da el haber estado cuando tú me abandonaste, Antonio —ella había reconocido perfectamente el brillo que había en los ojos de su hermano, celos. Sabía muy bien hacia donde iba con sus reclamos—. Estuvo en los momentos en que nadie más estuvo conmigo, estuvo cuando no podía estar con Kevin, cuando nació Fara… Creo que eso le todo el derecho de verla o estar con mi hija, si se le da la gana.
— Caperucita… Yo… —la pena reflejada en el rostro de Tony, la hizo consciente de sus propias lágrimas que ardían por salir.
— No digas nada —Nes cerró los ojos un momento. Si continuaba con esa discusión iba terminar llorando y se había prometido no llorar más. Ni por Kevin, ni por ella. Respiró hondo y levantó la cabeza en alto, sonriendo a medias—. ¿Quieres quedarte a cenar?
Tony lo comprendió enseguida, no trató de continuar con su disculpa y le devolvió la sonrisa. Aun así desistió de la cena alegando que tenía que ir a buscar a Mara a la facultad. Los dos necesitaban estar a solas. Las palabras de su hermanita habían removido en él la culpa que lo consumía por dentro. Extrañaba demasiado a su amigo y se arrepentía de todo lo que le había dicho, de haberlo juzgado tan cruelmente.
Cuando salió de su última clase a las ocho de la noche, Mara encontró a su novio esperándola contra la pared junto a la puerta de su facultad. Se sorprendió de verlo allí pues suponía que estaría aún en casa de Vanesa. Le sonrió con sus dientes blancos en el momento que él clavó su mirada en ella, pero esta se desvaneció cuando notó la expresión de su rostro. Se le acercó y puso sus manos en cada una de sus mejillas. Al fin vio sus ojos rojos y no tuvo duda alguna de que había llorado. Sin decir nada, lo abrazó con fuerza y Tony le rodeó la cintura con sus brazos enterrando su cabeza en el hombro de ella.
— Nada fue tu culpa, Antonio —le susurró a ella sin soltarlo—. Ni que Vanesa se embarazara, ni que tu amigo muriera. Debes dejar de culparte por eso, amor… No puedes seguir así. Si te alejaste de tu hermana, ahora es tu momento de devolverle todo el cariño y la ayuda que no le diste antes.
Por unos minutos permanecieron así, con ella consolándolo. Cuando se calmo, se tomaron de las manos y comenzaron a caminar. Antonio seguía cabizbajo.
— ¿Quieres que dejemos al cena con tus padres para otro día? —preguntó Mara sin ver que su estado de ánimo mejoraba.
— No, si la seguimos estirando mamá comenzara a pensar que no quiero presentarte —la miro amorosamente, mientras que su pulgar realizaba círculos en la mano de ella—. No, no… Mejor no complicar más las cosas.
— Como quieras, pero ya deja de pensar en eso ¿sí? —le rogó deteniéndose para poder mirarlo bien a los ojos—. No me gusta verte así.
— Lo siento, Mara —le sonrió para tranquilizarla y antes de que ella le reclamara de nuevo la atrajo hacia su cuerpo para besarla de forma efusiva—. Te amo, nena.
Hacía tres días que no pisaba la casa materna y eso era el lapso más largo que había pasado desde un mes atrás cuando su padre había salido de viaje de negocios. Le alegraba que él volviera ese fin de semana.
Cuando llegaron a la casa, Patricia ya tenía casi todo listo. Solo faltaba sacar el pollo del horno. Se hicieron las presentaciones pertinentes y Mara tuvo que aguantar la mirada escrutadora de su suegra, hasta que esta al fin se digno a sonreírle. Había pasado la prueba. Se sentaron a la mesa con una conversación amena.
— Tal vez el domingo que viene Ramiro haga un asado, ¿Por qué no vienen a comer? —Pat repartía sonrisas a diestro y siniestro— Así Mara podrá conocer a papá, Tony.
— No lo sé, ma… —Tony tenía pensado que pasaran el domingo en casa de los padres de Kevin junto con su hermana menor y su sobrina.
— Ay, Antonio… Con lo mucho que tardaste en traer a la chica —con la mirada pidió disculpas a Mara que se dedicaba comer en silencio.
— No empieces con tus reclamos, mamá —él respiró hondo—. La última vez que quedamos me surgió un imprevisto y tuve que cancelar, durante estos dos meses estuvimos con exámenes no podíamos venir.
— ¿Qué imprevisto, Tony, es más importante que cenar con tus padres? —le preguntó ella medio quejándose en broma.
— Vanesa tuvo a su bebé, mamá —le soltó él enojado y Mara se encogió en su asiento tensionada.
Patricia se quedo estática con los cubiertos en las manos. Durante mucho tiempo, había sido un acuerdo de tácito para el buen llevar el no nombrar a su hermana. Y Tony se había relegado a eso, solo por no crear problemas en su relación con ella; pero después de la discusión que había tenido con Vanesa sabía que siempre se había corrido al costado cuando su madre la había humillado.
…ahora es tu momento de devolverle todo el cariño y ayuda que no le diste… Mara tenía razón. Era momento de actuar y dejar de mirar para otro lado.
— ¿Me pregunto si durante todo este tiempo fue tu orgullo o si de verdad no quieres saber nada de ella? —observó como su madre dejaba los cubiertos junto a los platos y dirigía sus ojos marrones hacia él— ¿De verdad no quieres saber nada de ella? ¿O de tu nieta?
— No creo que sea el momento para hablar de ello, Antonio —Patricia le dirigió una mirada a su cuñada que no atinaba a levantar la cabeza.
— No, quiero hablarlo ahora… Mara ya sabe todo, conoce a Vanesa —entrelazó los dedos sobre la mesa tratando de contenerse—. No entiendo cómo le diste la espalda a tu hija.
— No te hagas el santo, Antonio, hiciste lo mismo —le recriminó su madre.
— Si, lo sé, pero tú eres su madre. Además, yo no deje de hablarle. ¡Dios mío! Ella se fue, se escapó de casa y no te importó en lo más mínimo. Jamás te preguntaste donde estaba o si estaba bien —mientras hablaba sintió como la mano de su novia le apretaba con cariño la rodilla en señal de apoyo—. ¡¿Qué dicen tus queridas amigas de la iglesia de que tu negligencia como madre?! No, claro, eso no es peor que una niña que cometió el error de embarazarse a los dieciocho años.
— ¡Ya basta! —su madre se puso de pie y lo miró con los ojos llenos de furia— No sabes lo que me duele en el alma que mi niña no esté aquí conmigo. No lo sabes.
— Si tanto te duele, acércate a ella, pídele perdón por lo que la hiciste sufrir —Tony le rogaba que recapacitara. Se levantó y puso una de sus manos en el hombro de ella—. Ella te necesita, lo sé. ¿Sabes que Kevin murió? Nes está muy dolida por ello y muy asustada por tener que ser madre. ¿No quieres conocer a tu nieta? Se llama Fara…
— No quiero oír mas —Patricia se desembarazó de la mano de su hijo—. Me duele mucho que no esté aquí, pero me traiciono… Traiciono completamente la confianza que yo le tenía en el mismo momento que quedo embarazada. Si alguien tiene que pedir perdón no soy yo.

— Si es lo que piensas, no hay nada más que decir. Vamos, Mara —ayudó a su novia a ponerse de pie y antes de retirarse de la casa volvió a dirigirse a su madre—. Si quieres verme de nuevo asegúrate de arreglar las cosas con Vanesa antes. Ah, y dile a papá que me llame cuando llegue, voy a necesitar hablar con él.

28 jun. 2013

Capítulo 3

Café y chocolate

Con las mejillas encendidas en un tono escarlata y la mirada baja, Nes dejó una taza de café frente a Niqui. Y luego, se sirvió una para sentarse a la mesa de su departamento con él. Aprovechando que no le miraba, Niqui se dedico a observarla con detenimiento.
Llevaba unas calzas negras que se le adherían deliciosamente a sus piernas largas y un sweater mostaza de cuello vuelto que le llegaba a medio muslo. En los pies botinetas de un gris topo. Se había recortado el cabello que ahora creaba ondas rojizas en torno a su rostro pero sin tocar sus hombros. Parecía mucho mayor, más madura. Pero lo mejor de todo, pensó Niqui, es que esta renovada. Con energía.
— Dulzura, ¿puedes dejar de mirar tu taza y levantar tu rostro? —le cuestionó él, cuando el silencio entre ellos comenzó a volverse algo incómodo— No estoy enojado contigo, Nes —ella dirigió sus ojos aceitunados hacia su rostro y Niqui le sonrió con total sinceridad.
— Lo lamento tanto —ella pidió perdón compungida y sus palabras eran tan atropelladas que él tubo que hacer un esfuerzo para entenderlas—. No quise alejarte de mí, pero simplemente de pronto aleje a todo el mundo.
— No te estoy reprochando nada…
— Lo sé, pero me llamaste tantas veces y no te atendí —ella corrió su silla más cerca de él y le cubrió con la suya una de las manos con al que él sostenía la taza—. Ese día te manipule de manera horrible, tendría que haberte dicho que me daban el alta —ternura y gratitud se traslucían en su mirada—. Tanto que hiciste por mi aquellos días y mira como vengo a pagártelo…
— Sh, ya basta —Niqui soltó la taza para apretar una de sus manos entre las suya y acariciar su mejilla con la otra—. No me debes nada. Lo que hice, lo hice porque te quiero. Tampoco tienes por qué pedirme disculpas. Necesitabas un tiempo para ti misma y eso, después de todo lo que te sucedió. Yo lo comprendo. No es como cuando yo te deje —apretó la mandíbula—, tú tenías una buena razón.
— Te perdono. Gracias por ser el único que siguió insistiendo —ella se inclinó hacia delante, sin liberar su mano y apoyó su cabeza en el pecho de él.
Niqui respiró aliviado. Acarició su cabello con dulzura durante un rato, sabiendo que ella necesitaba esa paz y que a él mismo le agrada tenerla así de cerca entre sus brazos. Nes se dejo mimar, sintiéndose segura como lo hacía en mucho tiempo. Una sonrisa se le formó en el rostro y le dio gusto darse cuenta que el nudo que había permanecido en su garganta de forma constante durante las últimas semanas desaparecía.
— ¿Torta de chocolate? —ofreció Niqui cuando creyó que era el momento adecuado. Ella enarcó las cejas mientras se alejaba de su cuerpo. Él hizo una mueca entusiasta—. Un plato, una cuchara, como la primera vez —se estiró sobre la mesa y cogió el paquete envuelto en papel madera, el cual Nes se había preguntado que contenía—. Imaginé que un reencuentro necesitaba de un buen recuerdo.
Cuando Nes se levantó en busca de lo necesario, él pudo ver fugazmente como una sonrisa arrebatadora le cubría el rostro. Aun así se sintió satisfecho con haberla hecho sonreír y desenvolvió el paquete. Cuando ella volvió a sentase con la cuchara en su mano, él quiso arrebatársela, pero consciente de su intención le esquivó y fue ella quien, con una sonrisa de suficiencia, diera el primero y el segundo bocado a la torta, torturándolo al amenazar con terminársela sola.
— ¡Está buenísima! —Nes gimió de placer cerrando los ojos mientras sentía como el chocolate le revolucionaba la boca.
— Lo sé, es de aquel lugar donde comimos aquella vez. Ahora déjame probarla —frunció el ceño, cuando Vanesa negó como si fuera una niña pequeña, pero no pudo evitar que una sonrisa se extendiera por su cara—. Debí decir dos cucharas —y ambos soltaron una carcajada.
Nes tomo un trozo de torta bastante generoso en la cuchara y, con gracia, lo acercó a Niqui, quien lo cogió con la boca antes de que ella decidiera cambiar de opinión.
En un momento en que ella no estaba concentrada en él, Niqui se dedicó a observar a su alrededor, el loft estaba bastante ordenado, no había nada fuera de lugar y no tenía ni una mota de color a excepción de la cuna blanca con sabanas verde manzanas que se encontraba junto a la cama matrimonial cuidadosamente tendida. Y por primera vez en los minutos que llevaba allí, se preguntó dónde estaba la niña.
— Volverá enseguida —afirmó Nes fijando la vista en la cuna. Cuando Niqui volvió a mirarla, pudo notar que sus ojos verdes estaban humedecidos—. Pasa todos los días al menos una hora con alguien más. Si quiero trabajar debo acostumbrarme a estar sin ella por algunas horas al día.
— Entiendo —dejo la cuchara sobre la mesa, el ambiente que había sido hasta ese momento distendido de pronto se volvió algo tenso—. Debe ser muy duro para ti, siendo que han vivido sin separarse para nada estos dos meses.
— Si  —ella asintió y se dejó envolver por los largos brazos de él cuando este la invitó—, pero quiero darle lo mejor y eso no va ser posible si me quedo aquí en casa. Al menos sé que cuando comience el trabajo, si encuentro uno, Fara se quedará con alguien que conozco. Mi hermano va a cuidarla, por eso la estamos acostumbrando a pasar tiempo con él.
— Me alegro que las cosas entre tú y él estén mucho mejor, Nes —Niqui aún recordaba lo mal que estaban las cosas con su familia cuando recién la había conocido, aunque en aquel entonces ignoraba el motivo—. ¿Y…? Me refiero a cómo esta con…
— No, Niqui —Nes levantó su melancólica mirada hacia él—. Con mis padres no hay vuelta atrás.
— Lo siento.
Vanesa se limitó a permanecer abrazada a Niqui hasta que el teléfono de la casa sonó rompiendo el ambiente que se había creado entre ellos dos. Ella se puso de pie para contestar.
— Mi hermano y Fara han vuelto —sonrió visiblemente agradecida cuando volvió a colocar el auricular en su lugar, no sin antes apretar el botón para que la puerta de abajo se abriera.
— ¿Tu hermano ya está aquí? —Niqui se puso de pie torpemente de tal manera que tiro la silla en la que estaba sentado.
— Si, ya está subiendo.
— Tal vez, yo debería irme—levantó la silla y miró a la puerta con ganas de desaparecer de allí lo antes posible.
— ¿No quieres verla? —preguntó Nes sorprendida de su actitud
— Si, pero tal vez no sea el momento de encontrarme con tu hermano —después de haber dicho esto Niqui se sintió bastante tonto, sobre todo al oír la risa contenida de ella.
— Ay, ni que fuéramos novio —Nes dejó escapar la carcajada.
Camilo no contestó nada, tan solo agachó la cabeza en silencio y se volvió a sentar en la silla. Sintió como algo se rompía dentro de él. Sin quererlo, Vanesa había logrado que sus esperanzas se esfumaran. Tal vez, para él, ya no había segundas oportunidades.


18 may. 2013

Capítulo 2


Un poco de Niqui
Marcó su número, pero a una sola tecla de llamar se arrepintió. Suspirando se quedó mirando el celular. Más de dos meses que no se hablaban. Maldita ella y su terquedad.
— ¿Qué chica te está comiendo la cabeza, corazón? —Dolores se sentó en la mesa frente a su hijo.
— ¿Por qué supones que es una chica, mamá? —Niqui puso los ojos en blanco tratando de disimular— Bien podría ser este libro que no termino de entender…
— Ay, Camilo. Te conozco, desde que eras así de chiquitito —ella juntó el dedo mayor y el índice frente al rostro de él, que la miraba divertido—. Te lo juro. Bien, a lo que iba. Como te conozco se que lo que te pone así es una chica. Y como además soy bruja, se que es la pelirroja que trajiste aquí el año pasado. ¿Me equivoco?
Niqui se rindió y dejó caer la cabeza sobre los libros que se proponía estudiar.
— Jamás te equivocas.
— Oh, mi niño, al fin una que se te resiste —se apiadó su madre medio en broma.
— ¿Y que tiene eso de gracioso? —él frunció en entrecejo ofuscado.
— Nada, corazón, pero si la quieres… pues tendrás que pelearla.
— ¡Lo hago! —le aseguró poniéndose en pie de un salto— Pero todo es tan complicado.
Ella se le quedó mirando a la espera de que él le contara más, para ver si podía ayudarlo en algo. Camilo caminó por el comedor frustrado con la toda la situación, hasta que de pronto, como su madre ya lo suponía, lo soltó todo. Sus sentimientos y todo lo que había sucedido con esa chica desde que se había quedado a dormir allí. En alrededor una hora, Dolores, conoció todo lo que a su hijo le había llevado casi medio año saber. Sintió cierta empatía por esa jovencita que sufría por un amor perdido y que llevaba una hija a cuestas.
— Ya no se qué hacer. Quiero llamarla, pero no ha respondido a los anteriores —se rascó la nuca con desesperación—. Ella jamás me dijo si me perdonaba y yo…
— Paciencia, es lo único que puedo decirte —su madre le miró apenada—. Reponerse de la muerte de un ser querido es muy difícil, Camilo.
Él asintió. Las palabras de su madre no ayudaron a calmar su corazón. Tenía tantas ganas de verla, de ayudarla y ahí estaba tan lejos de ella, sin dejar de lamentar el día en que se fue de su lado.
— Por eso fue que decidiste estudiar —Dolores sonrió al notar lo enamorado que estaba su niño, lo cual, después de tantas amantes transitorias, era todo un milagro.
— Ella… —a Niqui se le subieron los colores aun al saber que hablaba con su madre— se merece alguien que pueda ayudarla. Sé que tal vez el hecho de que ella tenga una hija ya es algo arriesgado y comprometido, pero yo la quiero y estoy dispuesto a hacerme cargo de la niña si ella decide estar a mi lado.
Su madre se levantó de donde se encontraba para acariciarle el rostro con amor. Su niño sufría y ella no podía estar más feliz, por fin parecía que tomaba un buen rumbo en su vida. Al pensar en el pasado, su rostro cambio. Si tan solo en aquel tiempo hubiese estado más pendiente de su niño habría notado que algo andaba mal y hubiera podido hacer algo para ayudarlo.
— Niqui, mañana se cumplirán treinta días màs  —le dijo preocupada y él suspiró sintiéndose culpable de la incomodidad que causaba en ella.
— Si, ma. No te preocupes por eso. Yo ya lo pagué, cancelé la deuda.
— ¿Cómo? ¿Cuándo? —Dolores abrió los ojos sorprendida y después se asusto aún mas— Camilo —le advirtió ella temiendo que su hijo hubiera cometido una imprudencia—. ¿Con que pagaste la deuda?
— Con plata que tenía ahorrada, mamá… Ya aprendí mi lección. No volveré a meterme en más deudas
— No me refería a eso. Creí que yo te daría el dinero.
— Tú no tienes que sacarme de los líos en que me meto, ma —se acercó a la menuda mujer que lo había criado sola y la abrazó con fuerza—. Te quiero mucho y te agradezco todo lo que haces por mí, pero estas son mis luchas y tengo que enfrentarlas solo.
— Bien, pero recuerda que estoy aquí Camilo. Siempre —le aclaró ella con lágrimas en los ojos.
Cuando su madre partió a la cocina para hacer la cena, Niqui volvió a mirar el celular con melancolía. ¡Maldita sea! Si tan solo no se hubiera dejado convencer por ella de volver a casa en lugar de quedarse en el hospital. Pero no, él había vuelto aquella noche a dormir a su casa y cuando por la mañana fue al hospital se había encontrado con que ya le habían dado el alta. No sabía donde vivía y no pensaba ir a la casa de sus padres a averiguarlo.
¿Por qué no contestaba a sus llamadas? Tal vez estaba sin celular. O, aunque doliera, no quería hablar con él. O algo le había sucedido. No, mejor ni pensar en algo así. Su pequeña pelirroja estaba bien, tenía que estar bien. La llamaría de nuevo. ¿Total que perdía con ello?
Tu esperanza de que conteste alguna vez, tonto. Se dijo mientras marcaba otra vez el número de Vanesa. Respiró hondo y le dio a la tecla de llamada. Mientras daba tono, Niqui trató de no carcomerse la cabeza con suposiciones.
— Niqui… —su corazón le dio un vuelco cuando la suave voz de ella pronuncio su nombre desde el otro lado de la línea. Sonrió como un idiota y se sintió uno por no haberlo intentado antes— Niqui, ¿estás ahí?
Solo un débil “Ajá” fue todo lo que pudo surgir de su garganta. Rogó porque ella le comprendiera, se diera cuenta que el estaba allí y que no cortara. Pareció que así era, pues Nes no colgó sino que se puso a hablar.
— Espero que estés bien. Yo lo estoy, ahora, lo estoy realmente —Niqui no pudo evitar sonreír al escucharla hablar así— Podrías, quizás, venir un día de estos a casa a visitarme, si quieres… —esperó una respuesta en silencio, pero él seguía sin poder pronunciar palabra. Vaciló la siguiente vez que habló— O podría ir yo. O tal vez tú no querías llamarme…
— ¡No! —Niqui se horrorizo ante sus palabras sabiendo que su silencio era malentendido.
— ¿No? —la voz de ella salió estrangulada y de pronto se enojo— ¿Para qué llamas, Camilo?
¡Uh! Camilo. Niqui se dio cuenta que el asunto se le estaba yendo de las manos. Respiró hondo para que se le pasara el estupor.
— Iba a decir que no se tu dirección —le aclaró lo mas concreto posible para que ella no tuviera tiempo a hacerse mas la cabeza—, pero si me das un minuto buscaré una lapicera para tomar nota.
— Bien.
¿Bien? Excelente. Iba a verla. ¡Yuju! Gritó internamente mientras corría por la casa en busca de un trozo de papel y una birome. Dolores que lo había oído de la cocina apareció de pronto con la libreta de los recados, sonriéndole con amor. Él beso a su madre con entusiasmo en ambas mejillas antes de agarrar la libreta e ir por su celular.


23 abr. 2013

Capítulo 1


La placa de bronce
Dieciséis meses antes...
Frente a una placa de bronce, ella mecía a su bebé. Tenía el cabello rojo recogido en un coleta, llevaba un jean oscuro y una remera negra de escote en v, porque sabía que el merecía más que su luto. Por su mejilla corrían lágrimas silenciosas. Con suavidad, dejó a la niña en carrito, cogió las flores que le llevaba y las colocó en el pequeño soporte de metal. Kevin le sonreía desde la foto. Acarició el marco de la misma con amor.
Te extraño mucho, amor Nes hablaba bajito. ¿Sabes? Lo habías logrado, me habías convencido de tu amor. Te habría dicho que si. Me habría casado contigo más de mil veces. ¡Dios! se cubrió el rostro con las manos. Dos meses y no sé cómo seguir... No sabes lo grande que esta nuestra nena miró a su hija y sonrió. No vas a verla crecer, y sé que es mi culpa, amor. Si no te hubiera metido en todo esto, si tan solo ese día me hubiera encontrado con otra persona se apoyó contra la pared llena de placas sonriendo a medias. No creo que me dejaras estar en otros brazos y me alegro haberme enamorado de ti. Contigo viví los momentos más dulces de mi vida, pero daría todo lo que tengo por tenerte acá a mi lado...
¿Hasta a Fara? ¿Darías a Fara por tenerlo de vuelta? Vanesa observó a su hija con melancolía. La amaba con todo su corazón, pero ella estaba segura de su respuesta.
Si, la hubiera dado a ella también ella sabía que sonaba horrible decir eso. Pero solo porque ella debió ser nuestra, con mi cabello y tus ojos, no ahora, pero más adelante se que ambos hubiéramos amado tener hijos. Ya eso no se puede, pero tengo a mi niña... Nuestra niña.
Vanesa se sentó en el suelo aovillándose. Aún le dolía tanto, despertarse y ver que él no estaba a su lado en la cama. Seguía adelante como podía pero aún no se sentía capaz de sonreír abiertamente y aunque contestaba a quien le preguntar por su estado que todo estaba bien, solo ella sabía que nada de eso era cierto. Que el corazón le dolía cada mañana, cada tarde… y que por las noches le gustaba acurrucarse en la cama abrazada al osito de peluche, llorando en silencio.
Hacía días que había dejado de llamar a Pamela y, su amiga había dejado de insistir en visitarla, debido a que se había mudado con su novio a otra ciudad donde estudiaría. Nené estaba en pleno preparativo para un crucero que se tomaría con la agrupación de jubilados a la que pertenecía y ella no se veía con ganas ni de soportar la felicidad de su abuela ni de aguársela con su tristeza. Mientras su hermano repartía su tiempo entre su novia y su carrera, Sonia parecía encerrada en su vida familiar,  Joako parecía haber desaparecido de la faz de la Tierra; y Nes por poco no podía ni mantener su cordura en pie.
Aun sentada en el suelo terroso del cementerio, unos brazos fuertes rodearon el pequeño cuerpo de Nes y la ayudaron a levantarse. Él y ella se quedaron mirando hacia el mismo punto de la nada. Vanesa tenía la cabeza apoyada sobre su pecho, a la vez que él le acariciaba paternalmente los brazos.
— Te dije que no vinieras sola, pequeña —Juan Pablo la volteó para mirarle a los ojos húmedos—. No te hace ningún bien torturarte con lo que hubiera pasado. No hay marcha atrás, Nes. Él se fue y todos lo extrañamos pero nuestras vidas siguen. Sobre todo la tuya, eres joven y con una niña que te necesita más que a nada en este mundo.
— Es que a veces se siente tan profundo el dolor…
— Lo sé, pero no te vas a rendir ¿verdad? Si te dejas vencer su muerte habrá sido en vano —le aseguró el con seguridad.
— ¡Ya ha sido en vano! —gritó Vanesa desprendiéndose del abrazo del hombre— ¿Qué se ha logrado con su muerte? ¡Dímelo! Porque si tú sabes algo bueno que haya salido de todo esto, muéstramelo, porque yo no lo veo…
— Él ha dejado de molestarte, ¿no es así? —le expuso Juan Pablo.
— Si ¿y? Tu no lo entiendes… —le recriminó ella al borde de un ataque de histeria— Te juro que preferiría que el volviera a violarme cientos de veces antes de que Kevin hubiera muerto. No valía la pena su vida solo por librarme de algo que yo hubiera sido capaz, si tan solo hubiera tenido valor. En fin… tengo la culpa de todo esto…
— Okey, como quieras. Eres la culpable de que mí ahijado este en esa tumba —contestó el hombre con vehemencia  pero sin perder la paciencia—. Deja ya de llorar y de martirizarte como si fueras la víctima. ¿Te arrepientes de todo? ¡Que alguien más lo note! ¡Que Kevin se sienta orgulloso de ti! Derrumbándote en tu mundo de lástima, no lo lograrás…
Vanesa dejó de llorar y puso cara de estupefacción. Él tenía razón, lo cual le dolía más. Cerró los ojos con fuerza, convenciéndose de que tenía que seguir adelante con su vida. Juan Pablo viendo lo que sus palabras causaban en la joven, quiso retractarse. Quizás había sido demasiado crudo con ella.
— Lo siento… Yo no debí.
— No importa —Nes le restó importancia con un movimiento su mano—. Está bien.
— No sé, tal vez deberías buscar un profesional que pueda ayudarte con esta etapa, Nes.
— Con una hija que alimentar no tengo ni tiempo ni dinero para sentarse en un diván a buscar la raíz de mis problemas —Nes negó poniendo a las manos en sus caderas.
— Pequeña, ya sabes…
— No —sentenció ella—. La casa y el auto ya me lo han dado ustedes no quiero deberles nada más. Quiero que dejen de usar la excusa a Kevin le hubiera gustado que lo tuvieras para llenarnos a Fara y a mí de regalos innecesarios.
— Pero…
— Nada. Primero no me parece el lugar para discutir esto —ella se colocó tras el corrito para empujarlo fuera centenario—. Segundo, no es un tema discutible. No, es mí decisión definitiva.
Caminó al auto enojada. No le gustaba para nada depender del dinero que los padres o el padrino de su ex novio le daban. Se había prometido que encontraría un trabajo para valerse por sí misma, pero aún no lo había conseguido.
— Por favor, Vanesa —Juan Pablo habló después de mucho pensar que decirle—. Solo queremos lo mejor para Fara y para vos.
— ¡¿Y crees que yo no quiero lo mejor para mi hija?! —gritó ella ofendida.
— ¡Por Dios! Yo no dije eso, niña —argumentó él en el mismo instante en que Fara rompía a llorar.
Nes lo fulminó con la mirada, antes de inclinarse sobre el carrito a coger a la bebé en brazos.
— La que ha gritado fuiste vos —la acusó él con media sonrisa.
— Mira, Juanpa, hablemos en otro momento —le pidió ella arrullando a Fara—. Hoy estoy un poco alterada.
— Bien. ¿Las acompaño?
— No, sola estoy bien.
Vanesa colocó a su hija, que ya estaba mas calmada en el asiento de bebés, metió el carrito al baúl y arrancó en dirección a su departamento.
— No te preocupes, cariño. Vamos a estar bien.
Tras esas palabras, prendió la radio.  Los acordes de Lluvia de esperanza llenaron el auto.
Lluvia de esperanza. Lluvia al corazón.
Siempre aquí estaré. No te fallaré.
Desde el cielo, lluvia al corazón.
Sol que lanza la esperanza. La esperanza y la luz.
No importa lo que pase. No importa jamás.
No. No. Lluvia al corazón.
Y después de todo tenía razón, aún quedaba algo de esperanza en sus vidas. Nes sonrió, prometiéndose que con los cincuenta pesos que aún le quedaban en el bolsillo se compraría una buena comida y ya se las arreglaría el resto de la semana.


16 abr. 2013

Prólogo


Oasis

— Se pude saber donde éstas —Nes dejó escapar un bufido al oír la enojada voz de Tony del otro lado del teléfono—. Se suponía que a las diez salías de trabajar, pero son la una y Fara sigue acá.
— ¿Tanto te molesta tener a tu sobrina un rato más? —gruñó ella despectiva, mientras que revolvía con lentitud el tercer vaso de Oasis que había pasado por su mano.
— No, no me molesta pero... —Vanesa soltó una risilla ridícula, porque con la música del lugar solo escuchaba la mitad de que su hermano le decía, y Tony se detuvo a mitad de la oración— ¿Qué mierda? Vanesa, ¿estás borracha?
— No jodas, Antonio —llamándolo así Nes sonaba como su padre, sacudió la cabeza espantada e hizo fondo blanco con su trago—. Otro... No —alejó un poco el celular de su oído, para hablar con chico de ojos lindos tras la barra—, mejor un shot de tequila.
El barman asintió y ella le sonrió coqueta. Se sentía tan bien con todo ese alcohol corriendo por sus venas desinhibiéndola. Hacía meses que no se sentía tan joven, tan libre. Pensó en Fara, un nudo se le formó en la garganta. Pero en seguida se la sacó de la cabeza con otro pensamiento. Tengo derecho a divertirme de vez en cuando se aseguró a sí misma. ¿Pero a que costó? esa terrible vocecilla de la madurez le hablaba aún ¿Olvidar a tu hija? ¿Eso es lo que quieres?
— Puta madre, cierra el pico —masculló y se tomó el tequila sin mirar siquiera la sal y el limón a su lado.
— ¿Dónde estás, Caperucita? —había olvidado que él seguía al teléfono, lo peor ahora le hablaba suave como cuando era niña y eso le molestaba.
— ¡Tu y todos pueden irse al carajo! —gritó ella, cortó y se sintió muy bien. Aulló con emoción en medio de todo el gentío.
Se levantó de la banqueta que ocupaba y se internó en la pista de baile. Quería moverse, perderse en la música... Quería olvidarse de todo aquello que había fuera de esa discoteca. La música cambió, Dopamina sonaba por los parlantes y, mientras Nes cerraba los ojos y movía sus caderas al compás, Belinda cantaba solo para ella. La canción describía su humor, su situación.
— Hola, nena... ¿por qué tan solita? —una voz le hizo abrir los ojos y vio ante ella a un hombre, que aunque mucho mas grande, era muy bien parecido. Le sonrió.
— No estoy sola —le guiñó un ojo con picardía—. Tú estás aquí.
Él soltó una carcajada y, envalentonado por la buena predisposición de ella, la tomó por la cintura para bailar pegado a su cuerpo. Nes se dejo, no le apetecía estar sola y le halagaba su compañía. Estuvieron así por varias canciones hasta que él le invitó un tragó, al que ella aceptó con un asentimiento y juntos caminaron de nuevo a la barra.
— Una cerveza... —pidió él y luego la miró— ¿Y tú qué, nena?
— Un Oasis — ¿Otro más? la vocecita en su cabeza parecía no callarse.
— Bien —le dedicó una sonrisa de dientes blancos que parecían flúor con las luces del lugar, y luego se volvió hacia el barman— Y un Oasis para ella.
En cuanto tuvieron sus tragos, atravesaron el local hasta llegar a la puerta trasera que daba al patio. El aire fresco de la madrugada de invierno, le recordó a Nes cuanto había tomado, al hacer que su cabeza diera vueltas. Aún así, por rebelde tomó un sorbo de su vaso, a la vez que de fondo oía la voz de aquel hombre diciendo un montón de cosas a su oído.
Se sentaron en un cantero, sin que Nes entendiera de lo que estaban hablando. Y de pronto, sin darse cuenta él la estaba besando, suave y sensual. Ella lo agarró del cuello para no perder estabilidad, correspondió al beso perdida en la bruma de alcohol.
— ¿Quieres ir a un lugar más privado? —le dijo él sonriéndole sugestivamente.
La alarma de Vanesa se prendió al instante, el letargo se esfumó y finalmente, se preguntó que estaba haciendo ella, madre de una niña de un año en un boliche cuando debería estar con ella. Le devolvió la sonrisa al hombre.
— Si, pero... —trató de parecer normal o, por lo menos tan normal como había actuado con él— primero debo ir al baño —se puso de pie de un salto—. Ya vuelvo.
Le sonrió y caminó a paso lento, hasta que atravesó la puerta. De manera frenética se metió entre la gente que bailaba, como pudo llegó al baño y se encerró en un cubículo, que por fortuna estaba vació. Cogió su teléfono del bolsillo trasero de la falda de jean donde lo había dejado después de hablar con Tony y marcó el número de la única persono que quería a su lado.
— ¿Hola?
— Te necesito —le dijo entre lagrimas apoyada contra la pared de aquel minúsculo lugar—. ¿Puedes venir por mi? Te necesito tanto.
—  Si, pero ¿dónde estás, linda?
Vanesa suspiró aliviada, él estaría allí en unos minutos y todo se habría arreglado. Él le prometió que estaría para ella pasara lo que pasara. No le había mentido.